Por Joaquín Badajoz

Entrevista a Gerardo Piña Rosales, Miami, febrero de 2011


Gerardo Piña-Rosales

J.B. Si aceptamos que la personalidad se forma durante la infancia, ¿qué ha quedado del niño andaluz que nació en La Línea de la Concepción, en 1948, en el escritor de hoy?

GPR. Ha quedado mucho, por no decir todo. Tuve una infancia feliz. De la Línea de la Concepción mi familia se mudó a Málaga cuando yo tenía dos años, así que mis primeros recuerdos son de esa ciudad. Vivíamos a un tiro de piedra del Mediterráneo. Desde el balcón de mi casa se veían el mar y las vías del ferrocarril. Años después, al vivir en Tánger, frente al Estrecho, conocí el otro mar, el Atlántico. Por eso siempre suelo decir que soy hombre del Estrecho. Allí están mis raíces primarias; las secundarias se hunden ya en la tierra neoyorkina y en las aguas del Hudson. La infancia puede ser paraíso perdido, si uno se deja seducir por los cantos sirénidos de la lucha por la vida, por las ansias de ser alguien, por la ambición, por el poder, etc. Todo eso está muy bien, pero si olvidamos o negamos al niño que llevamos dentro, perdemos una parte esencial de nuestro ser. Siempre he tratado de acercarme a la realidad con ojos de niño, con ojos de asombro, maravillados, alucinados. En algunos de mis escritos como en mis fotografías subyace siempre esa mirada. La verdad es que tuve mucha suerte. Todo podría haber sido distinto.

Aunque seguías viviendo en Tánger, comenzaste los estudios en la Universidad de Granada en 1968, en pleno régimen franquista. ¿Esa circunstancia sociopolítica influyó en tu formación como intelectual?

Uno nunca puede substraerse al entorno sociopolítico en el que vive. Pero en mi caso, si me influyó ese ambiente dictatorial (tan funestas son las dictaduras de derecha como las de izquierda) fue solo de manera tangencial. No me interesaba la política. Comencé a estudiar Derecho en la Universidad de Granada, porque por aquel entonces no sabía muy bien qué es lo que quería hacer. Hacía varios años que había comenzado a estudiar guitarra clásica. Había dado algunos conciertos en España y Marruecos. Y desde muy niño había sido un lector voraz, sobre todo de cuentos y novelas. Todavía guardo, como oro en paño, el libro Cuentos y leyendas, en edición nada menos que de Menéndez Pidal, y publicado por la Editorial Labor. También me interesaba la escritura. Desde mi adolescencia había garrapateado cuartillas y más cuartillas: cuentecillos, poemas, prosa poética, viñetas, momentos epifánicos. En la Facultad de Derecho me sentí alienado. Apenas si hice amistad con algún condiscípulo. Siempre fui un ser solitario, y lo que a mí me gustaba era subir a la Alhambra o al Generalife y tocar la guitarra (entonces todavía se podía permitir uno esos lujos) junto a las fuentes y los cipreses. También solía sentarme en los parques y plazas (Bibarrambla, Fuente Nueva, San Nicolás, etc.), para observar, para tomar notas. He escrito mucho en bares y cafés. Puedo ensimismarme con facilidad, esté donde esté. Dos de mis lugares favoritos eran la taberna de la Sabanilla y el Café Suizo. Allí me pasaba horas y horas leyendo y escribiendo. Desde que tuve uso de razón (si es que alguna vez lo tuve) me había jurado a mí mismo hacer siempre lo que me viniera en gana, aunque tuviese que ir a contracorriente. Me he rebelado siempre contra cualquier imposición, contra cualquier disciplina externa. Amo la libertad por encima de todo. Tras dos años de fracasos en la Facultad de Derecho, decidí pasarme a Filosofía y Letras. Todo me fue mucho mejor entonces.


Te hacía la pregunta anterior, porque has dedicado gran parte de tu obra ensayística al estudio de la narrativa de los exiliados antifranquistas, en particular, y eres profesor, entre otras materias, de Literatura del exilio. Al parecer es un tema que te apasiona. ¿Te consideras emigrante o exiliado?

Eso vino después. Ya en Nueva York, y una vez que hube decidido continuar mis estudios en el Queens College, el campo de mis lecturas se fue ampliando. En la biblioteca del Queens College devoré libros de los que jamás había tenido noticia. Por ejemplo, uno de los libros que más me impresionaron fue La realidad histórica de España, de Américo Castro. Comprendí en aquel momento que los de mi generación habíamos sufrido un verdadero exilio interior, pues se nos había escamoteado mucho. Cuando me llegó el momento de escribir la tesis doctoral, en el Centro de Graduados de CUNY, el profesor Andrés Franco (q.e.p.d.), conociendo mi interés por el género “cuento”, me sugirió que estudiase la obra cuentística de los exiliados. Descubrí entonces la obra de Manuel Andújar, de Eugenio F. Granell (a quienes traté personalmente), de Serrano Poncela, de Rafael Dieste, y otros, que eran poco conocidos. En 1987, con una beca de la City University, estuve en México D.F. para compilar materiales sobre la presencia de los exiliados españoles en aquel país. Las mañanas las ocupaba trabajando en el Colegio de México, en la biblioteca de la UNAM, o en el Ateneo Español; y por las tardes, cámara en mano, me dedicaba a patear (como el buen rompesuelas que siempre he sido) esa ciudad fascinante. Muchos de aquellos escritores del éxodo y el llanto habían muerto por aquellas fechas, pero estaban los hijos de los transterrados, los llamados “nepantla”, llegados a América cuando todavía eran niños o muy jóvenes. Algunos se habían asimilado por completo a la cultura mexicana, pero otros se sentían a caballo entre dos mundos, el español y el mexicano. Esta circunstancia se parecía un poco a la mía, aunque no me considero exiliado, sino emigrante. Emigrante por amor, si se quiere, pero emigrante al fin.

¿Por qué por amor?

Porque en Granada conocí a quien iba a ser mi mujer, Laurie Norwin, una chica neoyorkina, de ascendencia judía, que había ido a la Universidad de Granada a estudiar español durante un año. Cuando terminó el curso, al par de meses enrumbé (en el buque Miguelangelo) hacia Nueva York. Llevamos 36 años casados; tenemos una hija, Mariel, que estudia Sociología. Laurie ha sido siempre —y es—la base en la que se fundamenta todo mi ser. Su bondad, su alegría de vivir y su honradez han influido mucho en mí. Sin ella, no sé qué hubiera hecho yo en la vida.

Tu novela Desde esta cámara oscura (Premio Ayuntamiento de Lorca, 2006), narra la historia de un fotógrafo expatriado español. ¿En quién te inspiraste?

 

En Desde esta cámara oscura combiné dos de mis pasiones: el exilio y la fotografía. Algunos han pensado que Rafael Bejarano, el protagonista de la novela, era una especie de alter ego mío. Otros creyeron que era un personaje real, un exiliado republicano. Ni lo uno ni lo otro. Lo que ocurre es que me introduje en el texto como un personaje más, y eso siempre confunde al lector. Es una lástima que la reproducción de las fotografías no fuese todo lo buena que yo hubiera querido, pero no me quejo. Espero publicar una segunda edición; y entonces sí que habrá que cuidar la reproducción fotográfica. Lo digo porque las fotografías no son meras ilustraciones del texto sino que dialogan con él, lo cuestionan, y a veces, hasta lo niegan. En ese sentido, esta novela está más cerca de The Home Place, de Wright Morris, que de Nadja, de Breton, por ejemplo.

Eres un fotógrafo obsesivo que realizas frecuentas excursiones fotográficas a los lugares que visitas. ¿Cuándo descubriste esta afición?

En mí, la fotografía es una vocación. Mis primeras fotografías datan de mediados de los años sesenta, cuando mi padre me regaló una cámara Voigtländer maravillosa. Siempre me interesó acotar aquellas parcelas de la realidad que me emocionaban. La fotografía era —y es— una forma de dar testimonio de mi paso por este planeta, tan hermoso y tan degradado. Era —y es— una vía de conocimiento. Ya en Nueva York me dediqué a estudiar a fondo los aspectos técnicos del arte fotográfico, a conocer la historia de la Fotografía, las obras de los fotógrafos más importantes, desde Daguerre a Kertesz, desde Atget a Edward Weston. En esto, como en todo, fui descubriendo afinidades, entronques, con artistas que admiraba y con los que me identificaba.

Hace poco le comentabas a Juan Goytisolo que habías realizado una de tus excursiones fotográficas por Tánger, siguiendo el itinerario de una de sus novelas, La reivindicación del conde Don Julián. ¿Qué descubriste? ¿Qué te permite la fotografía que no te ofrece la escritura?

En efecto, cuando leí la novela, y dada mi familiaridad con Tánger, decidí recorrer la medina (la Kasbah) para rastrear, fotografiando al socaire del texto, las huellas de don Julián, el protagonista de la novela de Goytisolo, por quien profeso una admiración sin límites. Era maravilloso seguir al personaje por los cuetos y vericuetos de la medina, perderse en aquel laberinto de callejuelas. Y siempre, siempre, acabar en el Mirador, frente a las costas oscuras de España. También yo, como don Julián, acechaba aquellas costas nazaríes con recelo, con suspicacia. De buena gana hubiese tomado parte en una nueva invasión sarracena de la península. En este caso, las fotografías eran simplemente ancilares; ilustraban mis glosas del texto goytisoliano.

A los 6 o 7 años emigraste a Tánger, donde residiste del 56 al 73. ¿A qué se debió que tu familia emigrara? ¿Fueron razones políticas, económicas?

Mi padre —a quien cada día quiero y admiro más (falleció hace cuatro años) —, nacido en Larache (Marruecos) en 1913, tuvo una juventud difícil. Vivió con algunos familiares en San Roque, en Algeciras, en Ronda. Su madre murió cuando él era todavía muy niño. Su padre, alcohólico, no podía ni quería ocuparse de él. Era maquinista y fogonero de tren. Mi padre me contaba que a veces mi abuelo se emborrachaba, y era él, con 14 años, quien tenía que hacerse cargo de la locomotora. Era la línea de Córdoba-Bobadilla. Con 18 años, mi padre se marchó al ejército, de voluntario, a su ciudad natal. Por aquel entonces, el norte de Marruecos era parte del Protectorado Español. Después de un par de años en el ejército regresó a Gibraltar. Mi padre hizo de todo en la vida: fue cargador de carbón, conductor de camiones, barquero, ballenero, cocinero, mecánico, etc. Mi madre había nacido en Gibraltar, aunque vivía en La Línea. Cuando murió mi abuelo (por quien llevo el nombre), tuvo que ponerse a trabajar de costurera en un taller de Gibraltar. Poco antes de estallar la Guerra Civil (en la que mi padre combatió con las fuerzas franquistas, más por circunstancias del azar que por convicción política), se conocieron en Gibraltar. Cuando terminó la guerra se casaron. En 1940 nació mi hermana Maruja. Como te decía, mi padre era muy ambicioso, muy buscavida. Nada de parrandas ni de borracheras. Todo lo contrario. Decidió entonces que nos mudáramos a Málaga porque pensaba que allí las cosas le irían mejor. Se dedicó entonces a la compra y venta de automóviles, y viajaba continuamente. Por una serie de circunstancias un tanto rocambolescas que contaré en mi próxima novela, los negocios no le fueron bien y decidió buscar mejor vida en Tánger, Marruecos, país que ese mismo año obtenía la independencia. Recuerdo haber visto, a hombros de mi padre, el paso de Mohammed V por las calles de Tánger.

Durante tu adolescencia tangerina estuviste en contacto con el escritor estadounidense Paul Bowles. ¿Cómo sucedió? ¿Qué recuerdas de ese encuentro?

Yo hice el bachillerato en el Instituto Español de Tánger. Mis profesores eran extraordinarios. A muchos de ellos —particularmente a mi profesor de griego y latín, don Valentín García Yebra (recientemente fallecido)— les debo que fomentaran mi interés por las letras. En el quinto curso de bachillerato conocí a Eduardo Haro Ibars. Fue él quien me presentó a Paul Bowles, aunque yo no conocía todavía la obra del autor de The Sheltering Sky. Fue después, ya en Nueva York, cuando mantuve correspondencia con él. En una de mis visitas a Tánger le hice una entrevista, como cuento en mis “Confesiones de un escritor expatriado”. Y después pasé en su casa muchas tardes, hablando de música, de literatura. Lo dijo Mailer, y yo lo secundo: Bowles fue el mejor escritor de su generación. Fue un poco el padre, el referente de la Beat Generation, de gente como Allen Ginsberg, William Burroughs, Gregory Corso, y otros. Como persona, era un hombre distante, un tanto lacónico, pero siempre amable, de una cortesía exquisita.

¿Qué memorias de tu adolescencia tangerina te gusta conservar y cuál o cuáles prefieres olvidar?

Me gusta recordar mis brujuleos por la medina, mis ensoñaciones desde la Jaffa —un cafetín colgante frente al Estrecho—, mis caminatas por las playas y caletas de la costa atlántica, mis conversaciones con el farero de Cabo Espartel, el canto del almuédano a oración en la mezquita de la Emsallah, barrio donde yo vivía. Pero olvidar, no olvido nada, aunque las heridas estén desde hace tiempo restañadas, como la traición de una mujer o de un amigo.

¿También has escrito poesía o siempre te ha interesado más la prosa?

He escrito poesía, pero poca y un poco a salto de mata; sólo algunos poemas publicados en revistas y periódicos. Mi primer escrito publicado fue un poema que le dediqué a mi novia de entonces, Zayneb, y aparecido en el Diario España, de Tánger. Para mí, la poesía es la expresión más alta a la que puede llegar cualquier lengua. Claro que también en la prosa puede haber poesía (y no me refiero ni a la prosa poética, ni al poema en prosa), entendiendo por poesía no el poema tradicional rimado, etc, sino la eclosión de la imagen, de la metáfora.

En 1973 llegas a Nueva York. Es el mismo año en que se funda la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), que diriges desde 2008. ¿Cuándo comenzaste a relacionarte con esta corporación?

Odón Betanzos fue mi condiscípulo en el Centro de Graduados de la City University of New York. Cuando yo comencé el doctorado, él ya había empezado a trabajar en su tesis, sobre la vida y obra de Miguel Hernández. Sería el año 77 o 78. Inmediatamente nos hicimos muy amigos. Fue él quien me pidió que dirigiera el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York. Después me invitó a varios actos de la ANLE, y partir de ahí, como se suele decir, todo es historia. A pesar de las tragedias que marcaron su vida —el fusilamiento del padre al principio de la Guerra Civil, la muerte, de su hijo, a los 33 años, en un accidente —, Odón fue un hombre de una gran alegría interior y de una vitalidad asombrosa.

¿Qué estrategias nuevas has implementado en la ANLE?

Hemos revitalizado varias Comisiones de trabajo y creado otras, como la del Estudio del español hispanounidense y la presencia hispánica en los Estados Unidos; la de Fonética y Fonología; la de Estudios literarios y publicaciones; la de ANLE y la US General Services Administration; la de Educación; la de Informática Literaria y Lingüística; la de Información; la de Relaciones Públicas; la de Finanzas; la del Cibersitio. Además de las categorías (ya existentes) de Numerarios y Correspondientes, hemos creado la de Colaboradores. El Boletín de la ANLE ha vuelto a publicarse después de años de lamentable silencio. Hemos fundado un Boletín Informativo Digital, que se envía a miembros y colaboradores, y a amigos de la ANLE. La ANLE ha suscrito varios convenios de colaboración con entidades como el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (Burgos), con la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese, con la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en Estados Unidos (ALDEEU). Hemos comenzado a incursionar en Canadá, donde residen varios miembros y colaboradores de la ANLE. Estamos reestructurando nuestro sitio web, que, estoy seguro, proyectará una imagen de la ANLE seria a la vez que dinámica. Entre nuestras últimas publicaciones están los libros Escritores españoles en los EEUU, El cuerpo y la letra, Al pie de la Casa Blanca. Poetas hispanos en Washington DC, Hablando bien se entiende la gente (SantillanaUSA). Además llevamos ya mucho tiempo retransmitiendo por Univisión un programa en el que damos consejos idiomáticos. En fin, los trabajos son muchos y queda mucho por hacer. Pero en la ANLE hay personas valiosísimas, llenas de entusiasmo, que están siempre dispuestas a romper no una sino mil lanzas en la defensa y difusión de nuestra lengua. Y todo lo hacen —lo hacemos— ad honorem. Pero la ANLE no podrá superar muchas de sus limitaciones (¿cómo hacer para que en todos los estados de la Unión se oiga nuestra voz?), a menos que reciba ayuda económica del Gobierno español y de la misma Real Academia Española. Recordemos que estamos en un país cuya lengua mayoritaria no es el español sino el inglés.

¿El español de EEUU goza de buena salud?

Yo creo que sí. Y no sólo por los 35 millones que lo hablan, sino porque el español ya no es la lengua del pobrecito inmigrante, sino la de una clase media, profesional, cada vez más pujante. Además, muchos jóvenes de origen hispano, nacidos aquí o llegados cuando todavía eran muy niños, que manejaban un español muy rudimentario, han comenzado a estudiarlo, en escuelas y en universidades. La educación de los hispanos, en este caso, me parece clave. El índice de deserción escolar entre los jóvenes hispanos sigue siendo terriblemente alto. Por eso es fundamental que los políticos, hispanounidenses o no, luchen por que proyectos de ley, como el del Dream Act, no sean borrados de un plumazo por una cáfila de senadores hispanófobos.