Presentación de "Yo, el Supremo" de Augusto Roa Bastos

Con tres enfoques críticos complementarios y un video con imagen y voz del escritor paraguayo –Premio Cervantes, 1989– Augusto Roa Bastos, la ANLE presentó en Nueva York la edición conmemorativa de la RAE/ASALE la novela “Yo el Supremo”.

En el video con que se abrió el acto en el Instituto Cervantes el 24 de marzo, el destacado autor, fallecido hace trece años, afirmaba que “mi vida ha sido un olvido continuado”. Pero el director de la ANLE, Gerardo Piña Rosales, y dos destacados miembros numerarios de la institución, Nuria Morgado y Daniel Fernández, confirmaron que la obra cumbre del escritor, periodista y profesor lo mantiene vivo entre los grandes de la literatura hispanoamericana.

En su enfoque sobre la obra del escritor paraguayo, Piña-Rosales afirmó que “en algunos casos, la inspiración para la creación de la figura del dictador nace de un personaje real; pero en otros la imagen del dictador se compone de algunos rasgos y atributos particulares de varios dictadores. En el caso que nos ocupa, el dictador lleva nombre y apellidos: José Gaspar Rodríguez de Francia, el doctor Francia, personaje histórico de finales del XIX, cuya dictadura en el Paraguay duró 40 años. Los dictadores, como vampiros que son, se alimentan de sangre, y a veces parecen eternos”.

“Pero el doctor Francia no es un dictador cualquiera”, aclaró. “Es yo y Él, y otros, un yo colectivo, como se ve a sí mismo, multiplicado por los espejos de su arrogancia y omnipotencia. Es un personaje arquetípico, con varios rostros, o por lo menos Janus bifronte, y siempre humano, tremendamente humano. Vemos al dictador en su soledad, aislado del mundo y de la vida, en su postrera senda hacia la muerte, refugiándose en la escritura, aunque las palabras traicionen siempre, y así, garrapatea folio a folio, como un obseso, en su delirante diario, acosado por sueños paranoicos”.

Piña-Rosales agregó que “la novela Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, obra de múltiples registros discursivos, palimpséstica, de prosa troquelada, barroquizante, es ante todo una radiografía del dictador, de un dictador, el doctor Francia, una radiografía que sin caer en burdos maniqueísmos revela una compleja personalidad o personalidades. Solo cabe esperar que esta edición conmemorativa de la Real Academia y de la Asociación de Academias de la Lengua Española, con sus magníficos estudios introductorios, notas, glosario, etcétera, gane nuevos entusiastas de la obra del gran escritor paraguayo…”.

Por su parte Daniel Fernández precisó que el protagonista de la novela, José Gaspar Rodríguez de Francia, “es dictador precisamente porque dicta: dicta sus cartas, edictos, sentencias de muerte a un amanuense llamado Policarpo Patiño, que las transcribe a papel y pluma. Lo que distingue al doctor Francia de otros muchos dictadores que se han dado tanto en tierras donde se habla español es que es un dictador ilustrado”.

“Ávido lector de Rousseau, Voltaire, Montesquieu y otros grandes pensadores de la ilustración, cree ciegamente en el poder casi absoluto de la escritura, el poder de esta para liberar, fundar, administrar, gestionar y gobernar”, añadió Fernández sobre el dictador paraguayo. “Es más, para el doctor Francia gobernar y escribir son sinónimos; escribiendo se gobierna y esta escritura- gobernanza la lleva a cabo por medio de su escribano Patiño. En la novela pues tenemos a un mandatario que aparece como si estuviera verdaderamente obsesionado con este binario de escritura y poder”.

Agregó que “escribe (o dicta) porque quiere perpetuarse, porque quiere ser atemporal y ser en efecto el dictador perpetuo del Paraguay. Es decir, asocia la escritura con la permanencia, que es en realidad una idea que siempre hemos relacionado con la escritura”.

“Y me preguntaba al releer la obra de Roa Bastos si esta obsesión aún está con nosotros, si aún nos persigue”, concluyó Fernández. “No sé si los dictadores de nuestro tiempo tengan también sus patiños para dictar y gobernar. Lo que sí se puede imaginar es una situación, pongamos por caso, y de manera muy hipotética, que un ‘Supremo’ de nuestro días se valga ya no tanto de un patiño como de una cuenta de tuiter, por ejemplo, para ejercer su poder”.

Nuria Morgado afirmó que Yo el Supremo es “una obra increíblemente compleja, con un intenso trabajo del lenguaje, donde se hace clave el trabajo de su autor sobre el archivo historiográfico. Con esta novela, Augusto Roa Bastos trascendió las fronteras de la novela histórica. Es una obra polémica que cuestiona los valores establecidos, una obra de reflexión, de crítica y de examen de conciencia, una de esas que pareciera estar destinada a producir todo tipo de alergias a los lectores”.

“Todo este juego de voces que plantea la novela es un ejemplo brillante de la lucha encarnizada de poder que ejercen los discursos y sus interacciones”, añadió. “La gran variedad de registros que despliega le suministran a la novela una estructura de múltiples enlaces pero a la vez un tanto pop”.